Existían otras razones que mi padre ni siquiera sospechaba y que me impulsaban a poner tierra de por medio. Sentía a la ciudad como una jaula, malogrados los años que la habité. Había muchas cosas que mi padre no sabía sobre la vida que había llevado allí.

Aquella conversación precipitó la frenética búsqueda de un lugar en el que aparcarme. Nos servía cualquier universidad extranjera en la que me aceptaran, y la elegida resultó ser la de Edimburgo como podía haber sido cualquier otra. Después de muchas conferencias telefónicas internacionales y muchas peregrinaciones de embajada en embajada solicitando información, nos enteramos de que era la única cuya residencia de estudiantes todavía disponía de plazas libres a aquellas alturas de año. Previamente habíamos intentado encontrar un hueco para mí en muchos otros sitios, pero en todos nos dijeron que llamábamos demasiado tarde.

De modo que acabé en Edimburgo por casualidad. En la vida se me había pasado por la cabeza la idea de acabar estudiando en Escocia. Y así me van las cosas… A veces pienso que siempre he tomado las decisiones más importantes sin enterarme.

Llegué a Edimburgo pensando que, con mi mayoría de edad, la vida se aceleraría, que sería cada vez más rica e intensa. No sospechaba que estaba a un paso de llegar a punto muerto.

A la semana de aterrizar allí se me derrumbó sobre la cabeza la inmensidad de lo que había perdido, y creo que lloré tanto como las nubes de la ciudad que me acogió. Una ciudad armoniosa, de trazado medieval, de piedras mudas y tejados góticos, vigas de madera, puntales en los tejados y farolas en las calles de moderada agitación. Una ciudad que se ha extendido alrededor de su núcleo, mientras la parte antigua ha ido incorporando la nueva, asimilándola a la ya existente con una calma profunda.



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