
Pero más hondo que el miedo a los pasos en el corredor y a las bofetadas de metódica ira, de aquellos cinco días le quedó a Minaya una ingrata sensación de impotencia y desarmada soledad que desmentía toda certeza y negaba para siempre el derecho a la redención, a la rebeldía o al orgullo. Cómo redimirse del frío que al amanecer penetraba bajo las mantas donde escondía la cabeza para no ver la perpetua luz amarilla colgada entre el corredor y la mirilla de la celda, en nombre de qué o de quién inventar una justificación para el olor de los cuerpos encerrados y de las colillas, dónde hallar un asidero que lo mantuviese firme cuando ignoraba si era de día o de noche y apoyaba la nuca en la pared esperando a que entrara un guardia y dijera su nombre. Fue en la segunda noche cuando concibió el propósito de regresar a Mágina. El frío lo despertó, y recordó que había soñado con su padre calzándose las botas en el dormitorio rojo y mirándolo con una pálida sonrisa de muerto. Le dijo a Inés que en el sueño había una luz rosa y helada y una sensación de distancia o de inasible ternura que era también la claridad de mayo entrando para despertarlo por un balcón de su infancia donde anidaban las golondrinas o detenida a media tarde sobre una plaza con acacias.
