Pero dijeron que el otro se había suicidado, que aprovechó un descuido de los guardias que lo interrogaban para arrojarse al patio y morir con las manos esposadas. Él, Minaya, había sobrevivido, a los golpes, a la espera atroz de que lo llamaran para un nuevo interrogatorio, pero aún después de salir el sonido más leve crecía hasta convertirse en los sueños de un estrépito de cerrojos y portones metálicos, y las sábanas de su cama eran cada noche tan ásperas como las mantas que le dieron al entrar en la celda, y su cuerpo guardaba el hedor que lo recibió en los sótanos, tras la última reja, cuando le quitaron el reloj, el cinturón, las cerillas, los cordones de los zapatos, y le entregaron aquellas dos mantas grises que olían a sudor de caballo.

Pero más hondo que el miedo a los pasos en el corredor y a las bofetadas de metódica ira, de aquellos cinco días le quedó a Minaya una ingrata sensación de impotencia y desarmada soledad que desmentía toda certeza y negaba para siempre el derecho a la redención, a la rebeldía o al orgullo. Cómo redimirse del frío que al amanecer penetraba bajo las mantas donde escondía la cabeza para no ver la perpetua luz amarilla colgada entre el corredor y la mirilla de la celda, en nombre de qué o de quién inventar una justificación para el olor de los cuerpos encerrados y de las colillas, dónde hallar un asidero que lo mantuviese firme cuando ignoraba si era de día o de noche y apoyaba la nuca en la pared esperando a que entrara un guardia y dijera su nombre. Fue en la segunda noche cuando concibió el propósito de regresar a Mágina. El frío lo despertó, y recordó que había soñado con su padre calzándose las botas en el dormitorio rojo y mirándolo con una pálida sonrisa de muerto. Le dijo a Inés que en el sueño había una luz rosa y helada y una sensación de distancia o de inasible ternura que era también la claridad de mayo entrando para despertarlo por un balcón de su infancia donde anidaban las golondrinas o detenida a media tarde sobre una plaza con acacias.



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