
Luego el otro fue desplegando ante Minaya los romances, La Milicia de Hierro, Romance de Lina Odena, El día veinte de julio, Brigadas Internacionales. El nombre al pie de cada uno de ellos, Jacinto Solana, casi borrado entre las grandes letras de los titulares, como su rostro en la fotografía, extraviado en el olvido, en un tiempo que no parecía que hubiese existido nunca, pero esa voz ya no era la misma que había escuchado Minaya cuando leyó el primer poema. Se confundía ahora con las otras, exaltada por el mismo fervor, por la monotonía del coraje, como si el hombre que había escrito los romances no fuera el mismo que se miraba encerrado y solo en el espejo de una habitación en penumbra. Leyó de nuevo el nombre de la ciudad y la fecha, Mágina, mayo de 1937, como una contraseña que el otro, José María Luque, no podía advertir, como una invitación más honda que la de los versos, sin calcular aún la posible coartada, sólo asombrado de que por segunda vez en unos pocos días hubiera vuelto a abrirse como una herida el territorio inerte de su conciencia donde yacía la ciudad, su propia vida malgastada y lejana. Yo sé que no murió, iba a decir, recordando los monólogos tristes de su padre en los que aparecía a veces el nombre de Jacinto Solana, yo sé que no desapareció del mundo al terminar la guerra, que salió de la cárcel y volvió a Mágina para seguir combatiendo como si aún perdurase en él la furia que lo animaba cuando escribió esos romances y que tal vez sólo concluyó cuando lo mataron. Pero no dijo nada, asintió en silencio al entusiasmo del otro, escuchando luego los usuales vaticinios sobre la irremediable descomposición y caída de la tiranía, sobre la unánime huelga general que la derribaría si todos, también él, Minaya, se entregaban codo a codo a la lucha.