
– Cada día te pareces más a tu padre -dijo.
Y dio media vuelta y se marchó del cuarto. En aquella ocasión, en el primer encuentro, ni siquiera advertí la presencia de Segundo. Porque por entonces, antes de que tuviera la cicatriz, Segundo apenas si era visible cuando estaba junto a doña Bárbara. Pero sí vi a Chico, que se coló en la habitación después de que la vieja se fuera y se abrazó a su madre riendo y parloteando felizmente. Me extrañó que Amanda tuviera un hijo, porque no me lo había dicho; y creo que también me extrañó que se hubiera separado de él, que no lo tuviera consigo la noche anterior. Pero del porqué de esa separación no me enteré hasta mucho después; fue una de las muchas cosas que Chico no me supo explicar aquella mañana, cuando estábamos sentados en el bordillo, mientras se abrazaba las piernas flaquitas y me instruía en las reglas del Barrio. Que por lo demás eran sencillas: consistían sobre todo en conocer el lugar que uno ocupaba y en actuar en consecuencia.
Amanda me informó enseguida, nada más aparecer Segundo y doña Bárbara, que todavía faltaba por llegar la enana; y que por eso mi abuela se mostraba algo inquieta. La abuela tenía un gran calendario en la pared, con un dibujo un poco relamido de un mar azul oscuro y un camino de sol pintado sobre las aguas, y tachaba la fecha, todas las mañanas, con trazo impaciente y un grueso lápiz rojo.
Le pregunté a Amanda que quién era la enana y ella no supo o quizá no quiso contestarme.
– Es una persona muy rara, y muy inteligente -se limitó a decir.
Y cuando yo insistía me repetía lo mismo: -Ya lo verás. Ya la conocerás. Una mujer rarísima. Hasta que una de esas primeras noches, cuando ya nos habíamos quedado solos en nuestro cuarto (Chico y yo dormíamos juntos en un cuarto doble), el niño se acercó de puntillas y me propuso un trato:
