
– Cuántas luces… -exclamé, admirada.
– Es bonita, ¿verdad? -contestó Amanda con un suspiro-.
Por esta parte la ciudad es muy bonita. Claro que yo tampoco la conozco mucho. Llegué anteayer, y ellos creo que llegarán mañana. Pero vámonos antes de que anochezca.
Yo no sabía quienes eran ellos, pero tampoco me atreví a preguntar. Las niñas no preguntan, y menos si vienen de donde yo venía. Así que echamos a andar, Amanda a buen paso y la maleta y yo colgando de cada una de sus manos. Era la primera vez que veía una ciudad tan llena, tan aturullante, tan cubierta de brillos. No parecía real: era una verbena, una embriaguez de oro. Las aceras estaban adornadas con canastas de piedra llenas de flores naturales, y los escaparates de las tiendas se sucedían los unos a los otros, repletos de tesoros indecibles y derrochando luces. Y luego estaba la gente, todos esos hombres y mujeres que iban y venían con crujientes paquetes en las manos, crujientes sus sonrisas, crujientes sus trajes, todos ellos crujientes desde la coronilla a la punta de sus finos zapatos, como si fueran nuevos, personas a estrenar, sin nada desgastado. Todos ellos, todos, aun siendo muchísimos, vivían en esa ciudad maravillosa, y sin duda tenían casas luminosas y nuevas y eran felices. Y entonces empecé a pensar que quizá también nosotras tuviésemos una bonita casa a la que ir; y que seguramente estábamos a punto de llegar, porque el cielo se iba apagando y la noche bajaba más y más, y las niñas, sabía yo, no podían estar por la noche en las calles. De modo que cada esquina que doblábamos me decía: será aquí. Pero nunca era y continuábamos andando.
