El coche se detuvo ante la puerta de un hotel. En la radio sonaba confusamente una voz aguda de mujer entre maracas y trompetas. La oí como si en pleno invierno hubiera recibido una postal desde el trópico, con una neutra nostalgia de algún lugar donde no he estado nunca. Sobre el portal pendía un luminoso en tonos verdes con la mitad de las luces apagadas: Hotel Parigi. Mientras yo salía del coche el conductor permaneció con la mirada fija en el parabrisas y las dos manos posadas sobre el volante, que era muy ancho y tenía un brillo de ébano. Al mirar por última vez a aquel hombre pensé con la intensidad de un vaticinio que ya no volvería a ver su rostro. Antes de entrar en el hotel esperé a que el coche se alejara. Era un modelo de líneas rudas y pesadas, como esos coches solitarios que cruzan con lentitud las avenidas de Praga o de Varsovia.

En el vestíbulo del hotel había columnas de granito y altos espejos que duplicaban palmeras de plástico. El ascensor, tapizado de un rojo sofocante, subía muy despacio, y en las bóvedas de los pasillos había pinturas mitológicas. Era imposible avanzar en línea recta: los corredores se quebraban tras cortinajes inútiles y al doblar las esquinas aparecían inesperadas escaleras. Cuando encendía la luz de mi cuarto recordé el título de la canción que había escuchado en la radio: Bahía. Era una habitación tan alta y tan estrecha que parecía tener sólo dos dimensiones. Me quité la gabardina y el sombrero, me senté en la cama, mirando la maleta cerrada frente a mí. No la abriría, desde luego, no haría nada, ni una llamada de teléfono. Que ellos vinieran a buscarme, que pidieran disculpas y siguieran inventando misterios.



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