He vivido dos temporadas en ella, cada una de ocho meses, la primera en 1992 y la segunda en 1998, y en esos seis años la ciudad se ha vuelto una gigantesca urbe en proceso de radical transformación social, urbanística y arquitectónica. Acaso el cambio más notable sea la nueva Torre de Babel en que está mudando, con múltiples comunidades coexistiendo en ella, independientes una de la otra, que han encontrado aquí cobijo y pasado a ser parte del nuevo paisaje berlinés. Pocos saben, por ejemplo, que la comunidad judía de la ciudad – había unos ciento setenta mil en 1933, de los cuales fueron exterminados o expulsados por los nazis más de cincuenta milha ido creciendo de manera paulatina en los últimos años, hasta alcanzar en la actualidad la cifra de unos doce mil. La prostitución, por ejemplo, es ahora, o poco menos, monopolio de rusas y ucranianas, que, abaratando las tarifas, han mandado al paro a muchas profesionales nativas.

La más antigua, numerosa y arraigada de estas comunidades es la turca, desde luego, y para hacerse una idea de la fuerza de su presencia, basta darse una vuelta, los sábados por la mañana, por el dédalo multicolor y abigarrado, lleno de aromas exóticos, del mercado de Kreuzberg. Este barrio fue famoso, en los años sesenta, por sus artistas, sus revolucionarios y sus comunas de vida alternativa. Su cercanía al muro de la vergüenza hizo que los precios de la propiedad fueran allí muy bajos, por lo que se llenó de estudiantes menesterosos, de ácratas, bohemios y turcos. Todavía en 1992 Kreuzberg conservaba esta aureola de Corte de los Milagros berlinesa, y no había sitio mejor, para ir a cine – clubs a ver películas en versión original, exposiciones o teatros de vanguardia, mítines políticos radicales (sus muros lucían carteles de propaganda de ETA, Sendero Luminoso y Mao Zedong), o degustar dolma, humus, kebab y otros turkish delights, de este barrio.



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