Alex admiraba a su madre y trataba de colaborar con ella siempre que podía. Se sentía orgullosa de que su madre hubiera conseguido dar una familia a cientos de niños zunis, que de otro modo habrían ido a parar, en el mejor de los casos, a un centro de acogida. Ella misma llevaba varios meses tratando de sacar adelante su propio proyecto de ayuda a los niños zunis, y esperaba que en la reunión de esa tarde se diera el primer paso Tras salir de Albuquerque, se dirigió al poblado zuni, ubicado a doscientos cuarenta kilómetros al oeste de la ciudad. Dos horas y media después, aparcó su monovolumen, con el logotipo verde de Hearth & Home, en la parte de atrás de las oficinas del consejo. Salió del coche, anduvo unos pocos metros y llamó a la puerta.

– Adelante.

Entró en la sala donde había estado tantas veces con su madre en los últimos años. Había ya varias personas sentadas alrededor de una gran mesa redonda. Dos mujeres que formaban parte del consejo le dirigieron una sonrisa muy afectuosa. Poco a poco fue llegando el resto de los miembros hasta que todos los asientos estuvieron ocupados.

Lonan, un amigo de la infancia cuatro años mayor que ella, la saludó con la cabeza. Lonan tenía mucha influencia sobre el subjefe de la tribu zuni, que fue el último en sentarse.

– ¿Cómo estás, Alex?

– Muy bien, Halian. ¿Y tú?

– Bien. Hemos tenido un debate sobre tu propuesta y tenemos unas preguntas que hacerte.

– Claro, preguntadme lo que queráis.

Los miembros del consejo llevaban ya casi tres meses haciéndole preguntas. Si no se decidían pronto, su propuesta iba a caer en saco roto. Deseaba con toda su alma que dieran su beneplácito. Y aun así, eso sólo sería el primer paso. Luego tendría que conseguir el visto bueno del jefe de los rangers del Parque Nacional de Yosemite en California. Alex sentía una gran admiración por el jefe Vance Rossiter, cuyo amor por los indígenas americanos le llevaba a creer que estaría a favor de su idea de llevar a un grupo de jóvenes voluntarios zunis al parque.



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