
– Apágalo, cara de ángel.
Ella le dirigió una mirada de disculpa.
– Sé que es un vicio terrible y le prometo que no le echaré el humo, pero ahora mismo lo necesito.
Él alargó la mano detrás de ella para bajar la ventanilla. Sin previo aviso, el cigarrillo comenzó a arder.
Ella gritó y lo soltó. Las chispas volaron por todas partes. Él sacó un pañuelo del bolsillo del traje y de alguna manera logró apagar todas las ascuas.
Respirando agitadamente, ella se miró el regazo y vio la marca diminuta de una quemadura en el vestido de raso dorado.
– ¿Qué ha pasado? -preguntó sin aliento.
– Creo que estaba defectuoso.
– ¿Un cigarrillo defectuoso? Nunca he visto nada así.
– Será mejor que tires la cajetilla por si todos los demás están igual.
– Sí. Por supuesto.
Ella se la entregó con rapidez y él se metió el paquete en el bolsillo de los pantalones. Aunque Daisy todavía se estremecía del susto, él parecía perfectamente relajado. Reclinándose en el asiento de la esquina, él cruzó los brazos sobre el pecho y cerró los ojos.
Tenían que hablar -tenía que exponerle el plan para poner fin a ese bochornoso matrimonio, -pero él no parecía estar de humor para conversar y ella temía meter la pata si no iba con cuidado. El último año había sido un desastre total y Daisy se había acostumbrado a animarse con pequeñas cosas a fin de no dejarse llevar totalmente por la desesperación.
