
Max había recurrido al chantaje. Era hora de que madurara, le había dicho, y si no quería ir a la cárcel debería poner fin a todas esas extravagancias y seguir sus órdenes sin rechistar.
En un tono brusco e inflexible, él había dictado sus términos. Se casaría con el hombre que él escogiera para ella tan pronto como pudiera arreglarlo. Y no sólo eso, tendría que permanecer casada durante seis meses, ejerciendo de esposa obediente durante ese tiempo. Sólo al final de esos seis meses podría divorciarse y beneficiarse de un fondo fiduciario que él establecería para ella, un fondo fiduciario que él controlaría. Si era frugal, podría vivir con relativa comodidad el resto de su vida.
– ¡No puedes hablar en serio! -exclamó ella cuando finalmente había recobrado el habla. -Ya no existen los matrimonios de conveniencia.
– Nunca he hablado más en serio. Si no aceptas casarte, irás a la cárcel. Y si no permaneces casada durante seis meses, nunca volverás a ver un penique más de mi bolsillo.
Tres días más tarde, le había presentado al futuro novio sin mencionar qué estudios poseía ni a qué se dedicaba, y sólo le había hecho una advertencia:
– Él te enseñará algo sobre la vida. Por ahora, es todo lo que necesitas saber.
Cruzaron el Triborough Bridge y se dio cuenta de que muy pronto llegarían a La Guardia, por lo cual no podía esperar más para sacar a colación el tema sobre el que tenían que hablar. Por costumbre, Daisy sacó un espejo dorado del bolso para cerciorarse de que todo estaba como tenía que estar. Ya más segura, lo cerró con un golpe seco.
– Disculpe, señor Markov.
Él no respondió.
Ella se aclaró la garganta.
– ¿Señor Markov? ¿Alex? Creo que tenemos que hablar.
Él abrió los párpados que ocultaban aquellos ojos color ámbar líquido.
– ¿De qué?
