
– Sé que mi plan funcionará.
– A ver si nos entendemos. ¿Quieres que te dé la mitad de lo que Max me dio por casarme contigo?
– Ya que lo menciona, ¿cuánto fue?
– No fue ni mucho menos suficiente -masculló él.
Ella nunca había tenido que discutir las condiciones y no le gustaba tener que hacerlo ahora, pero al parecer no tenía alternativa.
– Si lo piensa un poco, verá que es lo justo. Después de todo, si no fuera por mí, no tendría nada.
– ¿Quieres decir que planeas darme la mitad del fondo fiduciario que tu padre ha prometido establecer para ti?
– Oh, no, no pienso hacer eso.
Él soltó una breve carcajada.
– Me lo imaginaba.
– No lo entiende. Le pagaré la deuda tan pronto como tenga acceso a mi dinero. Sólo le estoy pidiendo un préstamo.
– Y yo me niego.
Daisy comprendió que le había vuelto a pasar lo de siempre. Tenía la mala costumbre de asumir lo que otras personas harían o lo que haría ella en su lugar. Por ejemplo, si fuera Alex Markov, se prestaría a darle la mitad del dinero simplemente por deshacerse de ella.
Necesitaba fumar. Aquello no pintaba bien.
– ¿Puede devolverme los cigarrillos? Estoy segura de que no todos estaban defectuosos.
Él sacó el arrugado paquete del bolsillo de los pantalones y se lo entregó. Daisy encendió uno con rapidez, cerró los ojos y se llenó los pulmones de humo.
Se escuchó un estallido y cuando abrió los ojos de golpe, el cigarrillo estaba en llamas. Con un grito ahogado, lo dejó caer. De nuevo, Alex apagó la colilla y las ascuas con el pañuelo.
– Deberías denunciarlos -dijo él con suavidad. Daisy se llevó la mano a la garganta, demasiado aturdida para hablar.
Él se acercó y le tocó un pecho. Ella sintió el roce de ese dedo en la parte interior del seno y se estremeció, lo mismo que la piel sensible debajo del raso.
