Él alzó las cejas, y esos ojos profundos la miraron sin una pizca de diversión. Resultaba evidente que el semental no compartía sus problemas para contener una risa inoportuna.

Tragándose la histeria que crecía en su interior, Daisy miró rápidamente hacia delante sin disculparse. Al menos una parte de aquellos votos había sido honesta porque él, sin duda, sería un esposo horrible para ella. Finalmente, el bloqueo mental desapareció y el apellido del novio irrumpió en su mente. Markov. Alexander Markov. Era otro de los rusos de su padre.

Como antiguo embajador en la Unión Soviética, el padre de Daisy, Max Petroff, tenía infinidad de conocidos en la comunidad rusa, tanto allí, en Estados Unidos, como en el extranjero. La pasión de su padre por la ancestral tierra que lo había visto nacer se reflejaba incluso en la decoración de la habitación donde se encontraban en ese momento, en las paredes azules -tan comunes en la arquitectura residencial de su país, -la chimenea de ladrillos amarillos y la multicolor alfombra kilim. A la izquierda, sobre un secreter de nogal, había un par de floreros de cobalto ruso y algunas figuras de cristal y porcelana de las Colecciones Imperiales de San Petersburgo. El mueble era una mezcla de art déco y estilo Victoriano que, de una extraña manera, armonizaba con la estancia.

La gran mano del novio tomó la de Daisy, mucho más pequeña, y ella sintió la fuerza que poseía cuando le puso la sencilla alianza de oro en el dedo.

– Con este anillo, yo te desposo -dijo él con voz severa e inflexible.

Ella contempló el sencillo aro con momentánea confusión. Por lo que podía recordar, acababa de entrar en lo que Lani denominaba la fantasía burguesa del amor: el matrimonio. Y lo había hecho de una manera que nunca hubiera imaginado posible.

– … por el poder que me otorga el estado de Nueva York, os declaro marido y mujer.



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