
– Es casi blanco.
– El dorado no es blanco, querida. Y es demasiado corto.
– La chaqueta es muy discreta -señaló Daisy, alisando las solapas de la prenda de raso dorado que le caía hasta la parte superior del muslo.
– Una cosa no tiene nada que ver con la otra. ¿No podías haber seguido la tradición y ponerte algo blanco? ¿O haber escogido al menos algo de seda?
Ya que ése no iba a ser un matrimonio de verdad, Daisy pensaba que, de haber tenido en cuenta la tradición, se estaría recordando a sí misma que estaba vulnerando algo que debería haber sido sagrado. Incluso se había quitado la gardenia que Amelia le había prendido en el pelo, aunque ésta se la había vuelto a colocar en el mismo lugar poco antes de la ceremonia.
Sabía que Amelia tampoco aprobaba los zapatos dorados, que parecerían unas sandalias romanas de gladiador si no fuera por el tacón de diez centímetros. Eran terriblemente incómodos, pero al menos era imposible confundirlos con unos zapatos tradicionales de raso.
– El novio no parece feliz -susurró Amelia. -No me sorprende. ¿Por qué no tratas de evitar decir alguna otra tontería por ahora? Y te lo digo en serio, haz algo con respecto a esa molesta costumbre que tienes de decir lo que piensas.
Daisy apenas pudo reprimir un suspiro. Amelia nunca decía lo que pensaba en tanto que Daisy casi siempre lo hacía, y tal alarde de sinceridad molestaba a su madrastra. Pero Daisy no era capaz de actuar con hipocresía. Tal vez fuera porque eso era lo único que sus padres tenían en común.
Dirigió una mirada furtiva a su nuevo marido y se preguntó cuánto le habría pagado su padre para que se casara con ella. La parte más irreverente de Daisy se moría por saber cómo se había efectuado la transacción. ¿Dinero en efectivo? ¿Un cheque? «Perdón, Alexander Markov, ¿acepta American Express?» Mientras observaba al novio declinar una mimosa de la bandeja que le había tendido Min Soon, intentó imaginar lo que él estaría pensando.
