
Dave le entregó un sobre a Levon.
– Aquí tienes un poco de efectivo, unos mil dólares. No, no, acéptalos. Quizá los necesitéis al llegar allá. Taxis y todo eso. Levon, cógelos.
Los abrazaron y les desearon buen viaje y palabras de afecto vibraron en la quietud de la madrugada. Cuando Cissy y David cerraron la puerta, Levon le pidió a Barbara que se sujetara.
El Suburban retrocedió por la calzada, luego cogió Burkett Road y enfiló hacia el aeropuerto Gerald R. Ford a más de ciento treinta por hora.
– Más despacio, Levon.
– Vale.
Pero mantuvo el pie en el acelerador, internándose en la noche constelada de nieve, que de algún modo lo mantenía al borde del terror e impedía que se despeñara en el abismo.
– Llamaré al banco cuando trasbordemos en Los Ángeles -dijo-. Hablaré con Bill Macchio para que nos tramite un préstamo con la casa como garantía, por si necesitamos efectivo.
Vio que Barbara lagrimeaba, oyó el chasquido de sus uñas pulsando el Blackberry, enviando mensajes de texto a todos los parientes, amigos, a su trabajo. A Kim.
Barbara volvió a llamar al móvil de su hija cuando Levon aparcó el coche, y alzó el teléfono para que Levon oyera la voz mecánica: «El buzón de voz de Kim McDaniels está lleno. No se pueden dejar mensajes por el momento.»
13
Los McDaniels volaron de Grand Rapids a Chicago, donde figuraban en lista de espera para un vuelo a Los Ángeles que conectaba justo a tiempo con un vuelo a Honolulú. Una vez en Honolulú, corrieron por el aeropuerto, billetes y documentos en mano, y llegaron al aparato de Island Air. Fueron los últimos en embarcar, y se acomodaron en los asientos antes de que la puerta del avión se cerrara con un fuerte estampido.
Estaban a sólo cuarenta minutos de Maui.
Desde que habían salido de Grand Rapids habían dormido a ratos. Había pasado tanto tiempo que aquella llamada telefónica empezaba a parecer irreal.
