– ¿Qué te dijo, tesoro? -había preguntado Barbara.

– «Me alegra que estés bautizada, Kim.» Eso me dijo.

Ahora Levon se quitó las gafas y se secó los ojos con el dorso de la mano.

– Entiendo, querido, entiendo -le dijo Barbara, dándole un pañuelo de papel.

Así querían encontrar a Kim ahora. Bien. Totalmente recobrada. Levon le dirigió a su mujer una sonrisa oblicua, y ambos recordaron que la nota del Chicago Tribune la había llamado la «chica milagrosa», y a veces aún la llamaban así.

La chica milagrosa que entró en el equipo de baloncesto de la universidad cuando apenas había ingresado. La chica milagrosa que inició la carrera de Medicina en Columbia. La chica milagrosa a quien habían elegido para que posara en traje de baño para Sporting Life, con todas las probabilidades en contra.

«Vaya milagro que fue ése», pensó Levon.

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– Nunca debí haberme entusiasmado tanto con esa agencia de modelos -dijo Barbara, arrugando un pañuelo de papel.

– Ella quería hacerlo, cariño. No es culpa de nadie. Ella siempre ha sido muy independiente.

Barbara sacó una foto de Kim de la cartera, un retrato de su cara a los dieciocho años, tomada para aquella agencia de Chicago. Levon miró la foto: Kim con un suéter negro de corte bajo, el cabello rubio por debajo de los hombros, una belleza radiante que mareaba a los hombres.

– Después de esto no trabajará más de modelo.

– Tiene veintiún años, Levon.

– Kim será médica. No hay motivos para que siga siendo modelo. Se terminó. Se lo haré entender.

La azafata les anunció que el avión aterrizaría dentro de poco.

Barbara apartó la cortinilla y Levon miró las nubes que pasaban bajo la ventanilla. Parecían iluminadas con candilejas.

Mientras las casas y carreteras diminutas de Maui se mostraban a la vista, Levon se volvió hacia su esposa y compañera.



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