
Y recordó que esa noche, después de la cena, ella estaba en el bar del hotel con el director artístico, Del Swann, encargado de supervisar el rodaje, de protegerla después, y Del había ido al baño de caballeros, y él y Gils, ambos gais, habían desaparecido.
Y recordó que Julia hablaba con alguien en el bar y Kim trató de llamarle la atención pero no lograba establecer contacto visual, así que salió a caminar por la playa. Y eso era todo lo que recordaba.
Había ido a la playa con el móvil colgado del cinturón, apagado. Y ahora empezaba a pensar que Douglas se había desquiciado. Perdía fácilmente los estribos y se había convertido casi en un acosador. Quizá le hubiera pagado a alguien para que le echara algo en la copa.
Ahora empezaba a comprender. Su cerebro funcionaba bien.
– ¡Douglas! -gritó-. Doug…
Y entonces, como si el mismísimo Dios hubiera oído su invocación, un móvil sonó dentro del maletero.
3
Kim contuvo el aliento y escuchó.
Sonaba un teléfono, pero no era el timbre del suyo. Era un zumbido sordo, no las cuatro notas de Beverly Hills de Weezer. De todos modos, si era como la mayoría de los teléfonos, estaría programado para activar el contestador después de cuatro tonos.
¡No podía permitirlo!
¿Dónde estaba el puñetero teléfono?
Palpó la manta y la soga le rasguñó las muñecas. Estiró las manos, tocó el suelo, percibió el bulto bajo un trozo de alfombra cerca del borde, pero lo alejó con sus movimientos torpes. ¡No!
El segundo tono terminó. El frenesí le había acelerado el corazón cuando por fin cogió el teléfono, un aparato grueso y anticuado. Lo aferró con dedos trémulos mientras el sudor le empapaba las muñecas.
Vio la identificación de la llamada, pero no había nombre, y no reconoció el número.
Pero no importaba quién fuera. Cualquiera daría igual.
