Apenas había comenzado Rebus su informe cuando entró Maclay balanceándose. Esa manera suya de caminar dando bandazos no era porque estuviese bebido o drogado, sino por culpa r de su grave sobrepeso, un trastorno metabólico. Padecía también sinusitis, muchas veces respiraba con exagerados silbidos y hablaba con una voz que recordaba un cepillo mellado raspando a contrapelo la madera. En la comisaría le llamaban Heavy.

– ¿Te has encargado de Craw? -preguntó Bain.

Maclay asintió con la cabeza apuntando a la mesa de Rebus.

– Quiere acusarle de hacernos perder el tiempo.

– Eso sí que es perder el tiempo.

Maclay se balanceó en dirección a Rebus. Tenía un pelo azabache lleno de rizos y ensortijado en la frente. Probablemente habría ganado algún concurso del niño más bonito, pero de eso ya hacía algún tiempo.

– Vamos, hombre -le dijo.

Pero Rebus negó con la cabeza y siguió escribiendo a máquina.

– Que te jodan.

– Que le jodan a él -añadió Bain de pie mientras se disponía a descolgar la chaqueta del respaldo de la silla, y dirigiéndose a Maclay preguntó-: ¿Un trago?

Maclay emitió un profundo suspiro sibilante.

– Es lo que toca.

Rebus ni se movió hasta que hubieron salido. No es que esperase que le invitaran a acompañarles. Se trataba precisamente de no invitarlo. Dejó de escribir y sacó del último cajón la botella de Lucozade, desenroscó el tapón, olió los cuarenta y tres grados del malta y bebió. Una vez devuelta la botella al cajón se metió en la boca un caramelo de menta refrescante.

Mejor. «Ahora lo veo más claro»: Marvin Gaye.

De un tirón, sacó de la máquina el informe y lo hizo un rebujo; luego, llamó al mostrador y ordenó que retuvieran a Craw Shand una hora y lo soltasen después. El teléfono comenzó a sonar en cuanto colgó.



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