
Levantóse, fue hasta el estante y tomó su baraja preferida.
– ¿Sabes echarlas? -preguntó.
Brida balanceó la cabeza afirmativamente. Había hecho algunos cursos, sabía que la baraja en la mano de la mujer era un tarot con sus setenta y ocho cartas. Había aprendido algunas maneras de colocar el tarot y se alegró por tener una oportunidad de mostrar sus conocimientos.
Pero la mujer se quedó con la baraja. Mezcló las cartas, las colocó en la mesita de vidrio con las caras hacia abajo. Se quedó mirándolas en esa posición, completamente desorganizadas, diferente de cualquier método que Brida aprendiera en sus cursos. Después, dijo algunas palabras en una lengua extraña y giró solamente una de las cartas de la mesa.
Era la carta número 23. Un rey de bastos.
– Buena protección -dijo ella-. De un hombre poderoso, fuerte, de cabellos negros.
Su novio no era ni poderoso ni fuerte. Y el Mago tenía los cabellos grisáceos.
– No pienses en su aspecto físico -dijo Wicca, como si estuviese adivinando su pensamiento-. Piensa en tu Otra Parte.
– ¿Qué es la Otra Parte? -Brida estaba sorprendida con la mujer. Ella le inspiraba un respeto misterioso, una sensación diferente de la que tuviera con el Mago o con el librero.
Wicca no respondió a la pregunta. Volvió a reunir y barajar las cartas y nuevamente las esparció desordenadamente sobre la mesa -sólo que esta vez con las caras hacia arriba-. La carta que estaba en medio de aquella aparente confusión era la carta número 11. La Fuerza. Una mujer abriendo la boca de un león. Wicca retiró la carta y le pidió que la tomara. Brida la tomó, sin saber bien lo que debía hacer.
Tu lado más fuerte siempre fue mujer en otras encarnaciones -dijo ella.
