
Calígula. Si duermo, ¿quién me dará la luna?
Helicón (después de un silencio). Eso es cierto.
Calígula se levanta con visible esfuerzo.
Calígula. Escucha, Helicón. Oigo pasos y rumor de voces. Guarda silencio y olvida que acabas de verme.
Helicón. He comprendido.
Calígula se dirige hacia la salida. Se vuelve.
Calígula. Y te lo ruego: en adelante ayúdame.
Helicón. No tengo razones para no hacerlo, Cayo. Pero sé pocas cosas y pocas cosas me interesan. ¿En qué puedo ayudarte?
Calígula. En lo imposible.
Helicón. Haré lo que pueda.
Calígula sale. Entran rápidamente Escipión y Cesonia.
ESCENA VI
Escipión. No hay nadie. ¿No le viste, Helicón?
Helicón. No.
Cesonia. Helicón, ¿de veras no te dijo nada antes de escapar?
Helicón. No soy su confidente, soy su espectador. Es más prudente.
Cesonia. Te lo ruego.
Helicón. Querida Cesonia, Cayo es un idealista, todo el mundo lo sabe. Sigue su idea, eso es todo. Y nadie puede prever a dónde lo llevará. ¡Pero si me lo permitís, el almuerzo!
Sale.
ESCENA VII
Cesonia se sienta con cansancio.
Cesonia. Un guardia lo vio pasar. Pero Roma entera ve a Calígula por todas partes. Y Calígula en efecto, sólo ve su idea.
Escipión. ¿Qué idea?
Cesonia. ¿Cómo puedo saberlo yo, Escipión?
Escipión. ¿Drusila?
Cesonia. ¿Quién puede decirlo? Pero en verdad la quería. En verdad es duro ver morir hoy lo que ayer estrechábamos en los brazos.
Escipión (tímidamente). ¿Y tú?
Cesonia. Oh, yo soy la antigua querida.
Escipión. Cesonia, hay que salvarlo.
Cesonia. ¿Así que lo amas?
Escipión. Lo amo. Era bueno conmigo. Me alentaba y sé de memoria ciertas palabras suyas. Me decía que la vida no es fácil, pero que están la religión, el arte, el amor que inspiramos. Repetía a menudo que hacer sufrir es la única manera de equivocarse. Quería ser un hombre justo.
