
Knoxland era un barrio de los años sesenta, como de cartón piedra y madera de balsa, con tabiques tan finos que, prácticamente, los vecinos se oían cuando se cortaban las uñas de los pies y olían lo que guisaban unos y otros. Adornaban sus muros grises de hormigón manchas de humedad, pintadas proclamando que aquello era «Hard Knox» y otras instando a largarse a los paquistaníes, entre las que destacaba una realizada apenas una hora antes y que decía: «Uno menos».
Las pocas tiendas existentes lucían en puertas y escaparates cierres metálicos, que sus propietarios ni se molestaban en quitar durante el horario de apertura al público. Las casas de aquel barrio quedaban aisladas entre las vías de dos carriles que lo bordeaban al norte y al oeste. Los sagaces constructores habían trazado entre las calles, túneles que probablemente en los planos originales figuraban como espacios abiertos y luminosos, con posibilidad de que los vecinos se detuvieran a hablar del tiempo o de las nuevas cortinas que una vecina había puesto en su ventana. Eran túneles que incluso de día se habían convertido en zonas de paso sólo para temerarios y suicidas. Rebus estaba condenado a no ver más que atestados de atracos y tirones de bolso.
Probablemente había sido idea de los sagaces constructores haber asignado a los bloques altos de la barriada nombres de escritores escoceses rematados por el sufijo «House», para aumentar el escarnio de que no eran auténticas casas.
Barrie House.
Stevenson House.
Scott House.
Burns House.
Aquellos bloques apuntaban al cielo como un reclamo vertical de alquileres baratos. Miró a su alrededor buscando dónde tirar el vaso de café casi vacío; había parado delante de una panadería de Gorgie Road, pensando que cuanto más se alejara del centro de Edimburgo menos posibilidades tendría de encontrar donde tomar un café remotamente decente, pero había sido un error porque aunque se lo sirvieron casi hirviendo, apenas se enfrió un poco aumentó exponencialmente la insipidez. No vio ninguna papelera: porque no había. La suciedad de la calzada y los arcenes llenos de hierbajos incitaban a la dejadez, y Rebus añadió sus sobras a aquel mosaico, se irguió y metió las manos en los bolsillos de la chaqueta. El frío congelaba su hálito en el aire.
