– A ver si lo adivino -dijo-. Una racha de robos corresponderá probablemente a una o dos bandas organizadas, y debes de estar mirando el horario de trenes porque crees que vienen de fuera de Edimburgo… De modo que la serie de robos se inicia después de la llegada del tren y cesa cuando los ladrones regresan con él -añadió asintiendo con la cabeza-. ¿Voy bien encaminada?

– Lo importante es saber de dónde vienen -replicó Tibbet en sus trece.

– ¿De Newcastle? -aventuró Siobhan.

Por la actitud de Tibbet comprendió que había dado en el clavo. Sonó el pitido del hervidor, ella llenó la taza y se la llevó a la mesa.

– Newcastle -repitió al sentarse.

– Al menos hago algo positivo en vez de navegar por Internet.

– ¿Crees que es eso lo que yo hago?

– Es lo que parece que haces.

– Bien, pues para tu información te diré que estoy indagando sobre una persona desaparecida, entrando en sitios que puedan dar algún resultado.

– No recuerdo que hayan dado aviso de ninguna persona desaparecida.

Siobhan lanzó una maldición para sus adentros: había caído en su propia trampa hablando demasiado.

– Bueno, pues estoy indagando. ¿Debo recordarte que yo soy aquí el oficial superior?

– ¿Me estás diciendo que me ocupe de mis asuntos?

– Exacto, agente Tibbet. Y no te preocupes, Newcastle es todo tuyo.

– Es posible que tenga que llamar al Departamento de Investigación Criminal de allí para que me informen sobre las bandas locales.

– Haz lo que tengas que hacer, Col -dijo Siobhan.

– Muy bien, Shiv. Gracias.

– No vuelvas a llamarme así o te retuerzo el cuello.

– Todo el mundo te llama Shiv -protestó Tibbet.

– Cierto, pero tú no. Tú me llamas Siobhan.

Tibbet guardó silencio un instante y ella pensó que había vuelto a abstraerse en su hipótesis de horarios de tren, pero él volvió a la carga:

– No te gusta que te llamen Shiv, pero a nadie le dices nada. Qué raro…



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