Knoxland no era un barrio que gozara del favor público, y sólo atraía a desesperados y a quienes no tenían otra opción. En el pasado, había sido una especie de vertedero de inquilinos problemáticos para el Ayuntamiento -drogadictos y trastornados-, y en época más reciente la inmigración había invadido sus rincones más sórdidos e inhóspitos. Los solicitantes de asilo y refugiados, gente con la que nadie quería tener trato y de la que nadie quería saber nada. Rebus miró a su alrededor y comprendió que los pobres desgraciados debían de sentirse como ratones en un laberinto, con la diferencia de que en un laboratorio no había depredadores y allí abundaban.

Depredadores con navaja que campaban a su antojo por la calle. Y ahora habían matado.

Llegó otro coche del que se bajó un hombre. Un rostro conocido de Rebus: Steve Holly, gacetillero local de un tabloide de Glasgow. Rechoncho, dinámico como nadie y pelo tieso con brillantina. Antes de cerrar el coche, Holly metió bajo su brazo el portátil del que nunca se separaba. Por si acaso; ése era Steve Holly, un experto en reportajes de calle. Saludó a Rebus con una inclinación de cabeza.

– ¿Tiene algo para mí?

Rebus negó con la cabeza y Holly miró a su alrededor en busca de otra fuente de información menos reacia.

– He oído que le han echado de St. Leonard -comentó para entablar conversación mirando a todos lados menos a Rebus-. No me diga que le han exilado en estos pagos.

Rebus no quiso entrar al trapo, pero Holly insistió.

– Esto es un auténtico basurero. Una escuela de mala vida, ¿no es cierto? -añadió encendiendo un cigarrillo.

Rebus sabía que Holly pensaba ya en el artículo que escribiría después, perfilando frases ingeniosas y retazos de filosofía barata.

– Me han dicho que era asiático -espetó finalmente el periodista, expulsando humo y tendiendo la cajetilla a Rebus.



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