– Cuánto tiempo -dijo Hetherington-. ¿Qué tiene de especial este caso?

– Es que conozco a los padres -contestó Siobhan. Como no podía bajar la voz para que Tibbet no oyera, se levantó y salió al pasillo. Notó aquel olor, como si la comisaría se pudriera por dentro-. Viven en un pueblo de Lothian Oeste.

– Bien, difundiré los datos. ¿Por qué crees que anda por aquí?

– Bueno, digamos que es agarrarme a un clavo ardiendo. Les prometí a los padres hacer lo que pudiera.

– ¿Y no crees que habrá recurrido a la prostitución?

– ¿Por qué lo dices?

– Las chicas que se van de su pueblo marchan encandiladas a la ciudad… No te sorprenda.

– Ésta es peluquera.

– De eso hay muchas ofertas de trabajo -replicó Hetherington-. Es un oficio tan deambulante como el de la prostitución callejera.

– Lo curioso -añadió Siobhan- es que salía con un tipo y una amiga de ella dice que tenía pinta de chulo.

– Pues ya está. ¿Tiene aquí alguna amiga en casa de la cual pueda dormir?

– Eso aún no lo he averiguado.

– Bien, si alguna de ellas vive por aquí, dímelo y pasaré a hacerle una visita.

– Gracias, Liz.

– A ver si vienes por aquí, Siobhan. Te enseñaré Dundee y verás que no es el gueto que tú piensas.

– Un fin de semana de éstos, Liz.

– ¿Lo prometes?

– Prometido -dijo Siobhan poniendo fin a la conversación.

Sí, iría a Dundee cuando no le apeteciera quedarse un fin de semana tumbada en el sofá con chocolatinas y películas antiguas, ni desayunar en la cama con un buen libro y el primer álbum de Goldsfrapp sonando, ni comer fuera y quizás ir al cine en Dominion o la Filmhouse, con una botella de vino blanco frío esperándola en casa.

Se encontró de pie junto a su mesa y Tibbet la miraba.

– Tengo que salir -dijo.

Él miró el reloj como si fuera a anotar la hora de su marcha.



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