– ¿No has oído, Malky?

– Corta, Donny -dijo el camarero.

– ¿O qué? ¿Me enseñarás otra tarjeta roja? -replicó mirando alrededor-. Figúrate cómo echo de menos esto. Aunque hay que reconocer que últimamente ha mejorado en cuestión de tías -añadió fijando la vista lascivamente en Siobhan.

La cárcel le había afectado físicamente, pero al mismo tiempo le había dado una especie de bravuconería.

Siobhan sabía que si seguía allí acabaría por estallar y podía herirle, aunque el daño que pudiera hacerle sería simplemente físico, lo cual sería una victoria para él. Así que optó por marcharse para no oírle.

– A tomar por culo, ¿sabes, Malky? Vuelve, hermosa, que tengo un paquete sorpresa para ti.

Siobhan siguió camino del coche. La adrenalina le había acelerado el pulso. Se sentó al volante y trató de dominar su sofoco. «Hijo de puta, hijo de puta, hijo de puta», pensó mientras hurgaba inútilmente en la guantera. Tendría que volver en otra ocasión para hacer las fotos. Sonó el móvil y lo sacó del bolso. En la pantalla vio el número de Rebus y respiró hondo para que no notara la alteración en su voz.

– ¿Qué sucede, John? -dijo.

– ¿Siobhan? ¿Qué te sucede a ti?

– ¿Por qué lo dices?

– Parece como si acabases de dar una vuelta a Arthur's Seat corriendo.

– He echado una carrera hasta el coche porque se ha puesto a llover -replicó mirando el cielo azul.

– ¿Lloviendo? ¿Dónde demonios estás?

– En Banehall.

– Muy conocido en su casa…

– Es un pueblo de Lothian Oeste, junto a la autopista antes de Whitburn.

– Ah, sí. ¿Con un pub que se llama The Bane?

– Eso es -contestó ella sin poder evitar una sonrisa.

– ¿Yqué haces ahí?

– Es una larga historia. ¿Tú qué haces?

– Nada que no pueda dejarse aparcado si tienes una historia que contarme. ¿Vuelves a Edimburgo?

– Sí.



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