– No les han detenido -dijo-. Sólo les trajeron para hablar con ellos. Están ahí.

«Ahí» era el cuarto de interrogatorios número 1, pequeño y sin ventanas, con una mesa y dos sillas. John y Alice Jardine estaban sentados uno frente al otro con los brazos estirados agarrados de las manos. En la mesa había dos tazas vacías. Al abrirse la puerta, Alice se levantó de un salto y tumbó una de ellas.

– ¡No pueden tenernos aquí toda la noche! -exclamó. Pero al ver a Siobhan se quedó boquiabierta y la tensión de su rostro cedió, al tiempo que su esposo sonreía avergonzado y enderezaba la taza.

– Perdone que la hayamos hecho venir -dijo John Jardine-. Dimos su nombre pensando que nos dejarían marchar.

– John, me consta que no están detenidos. Ah, les presento al inspector Rebus.

El matrimonio le saludó con una inclinación de cabeza y Alice Jardine volvió a sentarse. Siobhan se acercó a la mesa y se cruzó de brazos.

– Me han dicho que han estado atemorizando a las honradas y tenaces trabajadoras de Leith.

– Sólo les hacíamos preguntas -replicó Alice.

– Lamentablemente, ellas no ganan dinero charlando -terció Rebus.

– Anoche estuvimos haciendo lo mismo en Glasgow -dijo John Jardine- y no hubo ningún problema.

Siobhan y Rebus intercambiaron una mirada.

– ¿Hacen todo eso simplemente porque Ishbel se veía con alguien con pinta de chulo? -preguntó Siobhan-. Escúchenme una cosa. Las chicas de Leith pueden ser drogadictas, pero no les saca el dinero ningún chulo como los que se ven en las películas de Hollywood.

– Hay hombres mayores -dijo John Jardine- que engañan a chicas como Ishbel y las explotan. Lo publican constantemente los periódicos.

– Los periódicos que ustedes leen -replicó Rebus.

– Fue idea mía -añadió Alice Jardine-. Pensé que…

– ¿Por qué se irritó de ese modo? -preguntó Siobhan.



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