– Esperaremos diez minutos -dijo Rebus-. No se ven muchos clientes y a lo mejor vuelve pronto.

Siobhan condujo por Seafield Road hasta la rotonda de Portobello, giró a la derecha hacia Inchview Terrace y de nuevo a la derecha en Craigentinny Avenue. Aquélla era una zona de calles residenciales tranquilas y en casi todas ellas sus moradores dormían, porque no se veían luces.

– Me gusta ir en coche a esta hora -dijo Rebus en tono familiar.

– Las calles cambian radicalmente cuando no hay tráfico, y se va mucho más tranquilo -dijo la señora Jardine.

– Y es más fácil localizar a los malhechores -añadió Rebus.

Tras su comentario se hizo silencio en el asiento de atrás hasta que entraron de nuevo en Leith.

– Ahí está -dijo John Jardine.

Delgada, con pelo moreno corto que el viento azotaba sobre sus ojos, la muchacha llevaba botas hasta las rodillas, minifalda negra y una cazadora texana abrochada. Tenía el rostro pálido, sin maquillaje, e incluso de lejos se advertían en sus piernas unas magulladuras.

– ¿La conoces? -preguntó Siobhan.

Rebus negó con la cabeza.

– Parece nueva en la plaza, no como esa otra -añadió refiriéndose a una mujer que acababan de rebasar-. Está a menos de seis metros y ni le habla.

Siobhan asintió con la cabeza. A falta de otra cosa, las chicas que hacían la calle solían ser solidarias entre sí, pero aquéllas no. Indicio de que la mayor consideraba que la nueva había invadido su territorio. Después de unos metros, Siobhan dio la vuelta en redondo y continuó despacio pegada al bordillo. Rebus bajó la ventanilla y la prostituta se acercó, recelosa al ver a tanta gente en el coche.

– Yo no hago grupos -dijo-. Dios, ustedes otra vez -añadió, tratando de alejarse al ver las caras del asiento de atrás.



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