Mientras cruzaban el puente a la altura de la bifurcación norte de Strawberry Creek, Molly preguntó:

—¿Qué tal el trabajo?

—Burian Klimus se ha puesto muy pesado —dijo Pierre con su sonoro acento.

Molly rió con un sonido gutural. Cuando hablaba, su voz era aguda y femenina, pero su risa tenía un toque vulgar que según Pierre resultaba muy sexy.

—O sea, como siempre.

—Exacto —contestó Pierre—. Klimus quiere la perfección, y supongo que él puede exigirla. Pero el objetivo básico del Proyecto Genoma Humano es descubrir qué nos hace humanos, y a veces los humanos cometen errores —Molly estaba bastante acostumbrada al acento de Pierre, pero la repetición de “huma-nó” tres veces en una misma frase hizo aflorar una sonrisa en sus labios—. Ha estado a punto de arrancarle el pellejo a Shari esta tarde.

Molly asintió.

—Ayer oí a alguien haciendo una imitación de Klimus en el Club de la Facultad. —Se aclaró la garganta y fingió un acento alemán—. “No sólo soy miembro del Herr Club… también soy su canciller.”

Pierre soltó una carcajada.

Había un banco de hierro forjado un poco más adelante. Un hombre corpulento de algo menos de treinta años, vestido con unos vaqueros gastados y una cazadora de cuero desabrochada, estaba sentado en él. Tenía una barbilla como dos pequeños puños que brotasen de la parte inferior de su cara, y llevaba muy corto, más o menos un centímetro, el pelo color rubio sucio. Qué falta de respeto, pensó Molly, estás en el hogar del movimiento hippie de los 60, así que deberías dejarte crecer un poco el pelo.

Siguieron andando. Normalmente, se habrían apartado del banco, dejando al desconocido un generoso espacio libre: Molly procuraba evitar que los extraños entrasen en su zona. Pero un poste de luz y un arbusto limitaban el borde del camino, así que acabaron pasando a medio metro del hombre, Molly más cerca incluso que Pierre.



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