Ya era hora de que apareciese el puto franchute.

Molly apretó la mano, sus uñas cortas y sin pintar clavándose en el dorso de la de Pierre.

Mala suerte, no está solo… pero puede que Grozny lo prefiera así.

El tembloroso susurro de Molly fue tan bajo que estuvo a punto de perderse en la brisa.

—Vámonos de aquí —Pierre enarcó las cejas, pero aceleró su paso. Ella lanzó una mirada atrás—. Se ha levantado —dijo en voz baja—. Viene hacia nosotros.

Molly examinó el terreno. La puerta norte del campus estaba a unos treinta metros frente a ellos, y más allá los cafés desiertos de Euclid Avenue. A la izquierda había una valla que separaba la universidad de Hearst Avenue. A la derecha, más árboles y Haviland Hall, sede de la Escuela de Graduados Sociales. La mayor parte de sus ventanas estaban a oscuras. Oyeron el sonido de un autobús al otro lado de la verja… por la hora, sería el último en mucho tiempo. Pierre se mordió el labio. Las pisadas se acercaban suavemente. Metió la mano en el bolsillo, y Molly pudo oír el tintineo de las llaves cuando se las puso entre los dedos.

Ella abrió la cremallera de su bolso de cuero blanco y sacó su silbato antiviolación. Se arriesgó a mirar otra vez hacia atrás y… ¡Cristo, un cuchillo! “¡Corre!” gritó, girando a la derecha mientras se llevaba el silbato a los labios. El sonido rasgó la noche.

Pierre se lanzó hacia delante, directo a la puerta norte, pero miró por encima del hombro tras recorrer unos pocos metros. Perdido el elemento sorpresa, quizá el extraño se hubiese marchado, pero Pierre tenía que asegurarse de que no iba tras Molly…

…y fue un error. El hombre había perdido terreno (Pierre tenía las piernas más largas y había empezado a correr antes), pero aquello le dio la oportunidad de acercarse. A unos diez metros, Molly, que también había dejado de correr, gritó el nombre de Pierre.



4 из 298