
—¿Quema de cruces? —Molly quedó sorprendida.
El policía asintió.
—Un mal tipo, ese Hanratty. Estaba metido en un grupo neonazi llamado el Reich Milenario. Actúan sobre todo en San Francisco, por la zona de la Bahía, pero también han estado reclutando aquí en Berkeley —contempló los edificios de los alrededores—. ¿Tienen su coche por aquí?
—Íbamos a pie.
—Bien… mire, es más de medianoche y, francamente, su amigo parece un poco ido. ¿Qué les parece si la oficial Granatstein y yo les acercamos a casa? Pueden pasar mañana por la comisaría para hacer su declaración —le dio una tarjeta.
—¿Por qué iba a querer atacarme un neonazi? —preguntó Pierre, reaccionando por fin.
El policía se encogió de hombros.
—Ningún misterio. Quería su cartera y el bolso de su amiga.
Pero Molly sabía que no era cierto. Tomó la mano sucia de sangre de Pierre y le guió hacia el coche patrulla.
Pierre entró en la ducha, lavándose la sangre del pecho y los brazos y tiñendo el agua de rojo. Se frotó hasta quedar en carne viva. Después de secarse, se metió en la cama junto a Molly, y ambos se abrazaron.
—¿Por qué iba a atacarme un neonazi? —preguntó en la oscuridad, bufando ruidosamente—. Demonios, ¿por qué iba a tomarse nadie la molestia de matarme? Al fin y al cabo…
Se calló, la frase en inglés formada ya en su mente. Pero Molly sabía lo que había estado a punto de decir, y le atrajo hacia ella, abrazándole con fuerza.
Al fin y al cabo, había pensado Pierre Tardivel, pronto estaré muerto de todas formas.
Libro Uno
Vivamos en la adversidad, luchando con brío; arriesguémonos a agotarnos antes que a herrumbrarnos.
