—Muéstrenme sus permisos de conducir y sus identificaciones de la universidad, por favor —dijo el policía a Molly y Pierre.

Molly abrió el bolso y enseñó sus papeles. Pierre, helado al no llevar camisa, estremecido todavía por la muerte del hombre y cubierto hasta los codos de sangre coagulada, se las arregló para sacar su cartera, pero se quedó mirándola como si no supiese abrirla. Molly la cogió suavemente y mostró su identificación.

—Canadiense —dijo el hombre, como si fuese algo sospechoso—. ¿Tiene papeles para estar en este país?

—Papeles… —repitió Pierre, todavía confuso.

—Tiene una carta verde —contestó Molly. Rebuscó en la cartera hasta encontrarla y se la mostró al policía, que asintió con la cabeza. La mujer había sacado una cámara Polaroid del coche patrulla y estaba tomando fotos de la escena.

Por fin llegó la ambulancia, entró por la puerta norte, pero no pudo pasar por el camino donde estaban ellos. Aunque los demás vehículos habían apagado sus sirenas una vez detenidos, la ambulancia dejó en marcha las luces del techo, proyectando unas sombras anaranjadas que danzaban por todo el lugar. El aire estaba lleno del sonido de las radios. Dos paramédicos corrieron hacia el hombre caído. También habían llegado algunos curiosos.

—No hay pulso ni signos de respiración —dijo el oficial.

Los paramédicos hicieron algunas comprobaciones, asintiendo entre ellos.

—Está listo —dijo uno—. De todas formas, tenemos que llevárnoslo.

—¿Karen?

—Sí. Ya tengo bastantes fotos.

—Adelante, entonces. —El policía se volvió hacia Pierre y Molly—. Tendrán que hacer una declaración.

—Fue en defensa propia —explicó Molly.

Por primera vez, el hombre mostró una cierta afabilidad.

—Por supuesto. No se preocupe, es pura rutina. El sujeto que les atacó tenía un buen expediente: robo, agresión, quema de cruces…



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