
—¿Y qué vamos a hacer? — preguntó— ¿si es otra nave sembradora que intenta colonizarnos de nuevo? ¿Contestarles: Muchas gracias, pero hoy no?
Se oyeron algunas risitas nerviosas; el concejal Simmons observó entonces con aire pensativo:
— Estoy seguro de que podríamos hacer frente a una nave sembradora si nos viéramos obligados a ello. Y quizá los robots fueran lo bastante inteligentes para cancelar su programa al ver que el trabajo ya estaba realizado.
— A lo mejor. Pero tal vez pensaran que podían mejorarlo. De todas formas, ya sea una reliquia de la tierra, ya sea un modelo ulterior de una de las colonias, por fuerza tiene que ser algún tipo de robot.
No había necesidad de dar explicaciones, todo el mundo conocía las dificultades y los gastos que suponía un vuelo interestelar tripulado. Aunque era técnicamente posible, no tenía sentido alguno. Los robots podían realizar el trabajo con un coste muchísimo más reducido.
— Robot o reliquia, ¿qué vamos a hacer? — preguntó uno de los ciudadanos.
— Puede que no nos plantee ningún problema — dijo la alcaldesa—. Todo el mundo supone que se dirigirá a Primer Aterrizaje, pero, ¿por qué allí? Después de todo, es más probable que vaya a la Isla Norte.
La alcaldesa se equivocaba a menudo, pero nunca lo había hecho tan deprisa. Esta vez el sonido que iba en aumento en el cielo de Tarna no era un trueno lejano proveniente de la ionosfera, sino el agudo silbido de un rápido jet que volaba bajo. Todos los presentes abandonaron precipitadamente la sala; sólo unos pocos tuvieron tiempo de ver la nariz afilada de ala delta eclipsar las estrellas y dirigirse hacia el lugar considerado como el último vínculo con la Tierra.
La alcaldesa Waldron hizo una breve pausa para informar a la Central, y luego se unió a los que se apiñaban en el exterior.
