— Brant, tú puedes llegar allí primero. Coge la cometa.

El ingeniero en jefe de Tarna parpadeó; era la primera vez que recibía una orden tan directa de la alcaldesa. Luego pareció un tanto avergonzado.

— Un coco le atravesó el ala hace un par de días. No he tenido tiempo de repararla por el problema de las trampas de los peces. De todas formas, no está equipada para vuelos nocturnos.

La alcaldesa le lanzó una larga y fría mirada.

— Espero que mi coche funcione — dijo sarcásticamente.

— Desde luego — respondió Brant con voz herida—. Tiene combustible y está listo ya.

Era muy poco habitual ver circular el coche de la alcaldesa; se podía recorrer Tarna en veinte minutos, y todo el transporte local de alimentos y material se realizaba mediante pequeños vehículos todo terreno. En setenta años de servicio oficial, el vehículo había registrado menos de mil cien kilómetros y, salvo accidentes, seguiría funcionando durante un siglo por lo menos.

Los thalassanos habían experimentado alegremente con todos los vicios, pero el consumismo y la desidia no se encontraban entre ellos. Cuando se inició el viaje más histórico jamás realizado, nadie hubiera podido adivinar que el vehículo era mucho más viejo que cualquiera de sus pasajeros.

4. Señal de alarma


Nadie oyó el primer tañido de la campana fúnebre de la Tierra, ni siquiera los científicos que realizaron el fatídico descubrimiento, en las profundidades de la tierra, en una mina de oro abandonada del Colorado.

Era un experimento atrevido, inimaginable antes de mediados del siglo XX. Cuando el neutrino fue detectado, se vio en seguida que a la Humanidad se le había abierto una nueva ventana al universo. Era algo tan penetrante que atravesaba un planeta con la misma facilidad con que podía usarse la luz a través de una lámina de vidrio para observar los núcleos de los soles.



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