
— Para el coche antes de llegar a la nave — ordenó la alcaldesa—. Luego bajaremos y echaremos un vistazo. Apaga las luces para que no nos vean, hasta que nosotros queramos.
—¿Nos vean, o nos vea? — preguntó uno de los pasajeros, un tanto nervioso. Nadie le hizo caso.
El coche se detuvo ante la inmensa sombra de la nave, y Brant lo giró ciento ochenta grados.
— Así podremos escapar — explicó medio en serio y medio en broma. Todavía seguía sin poder creer que existiera algún peligro. De hecho, había momentos en que se preguntaba si lo que ocurría era real. Quizá seguía aún dormido y todo no era más que un sueño.
Salieron silenciosamente del coche y caminaron hasta la nave. Luego la rodearon hasta llegar a la bien definida pared de luz. Brant se protegió los ojos y miró por encima del borde, entrecerrando los ojos ante el deslumbrante resplandor.
El concejal Simmons tenía toda la razón. Era algún tipo de aeronave, o nave aeroespacial, y era muy pequeña. ¿Podía tratarse de los norteños? No, eso era absurdo. No se podía utilizar aquel vehículo en el área limítrofe de las Tres Islas, y su construcción hubiera sido imposible de ocultar.
Tenía la forma de una punta de flecha aplastada y debía de haber aterrizado verticalmente, ya que no se veían marcas alrededor de la hierba. La luz provenía de un solo punto, de un bastidor aerodinámico situado en su línea dorsal y encima de todo ello destellaba intermitentemente una pequeña luz roja. Todo era tranquilizador, por no decir decepcionante; se trataba de un aparato común. Un aparato que sin duda no podía haber viajado los doce años luz que le separaba de la colonia más cercana.
De repente, la luz principal se apagó dejando ciego por unos momentos al pequeño grupo de observadores. Cuando los ojos de Brant se acostumbraron a la oscuridad, pudo ver que había ventanas en la parte delantera de la máquina, iluminadas pálidamente desde el interior de la nave. Pero ¡si parecía un vehículo conducido por hombres, y no el aparato robot que esperaban!
