La alcaldesa Waldron llegó a la misma sorprendente conclusión.

— No es un robot, hay gente dentro. No perdamos más tiempo. Enciende tu linterna, Brant, para que nos vean.

— Helga — protestó el concejal Simmons.

— No seas bobo, Charlie. Vamos, Brant.

¿Qué era lo que había dicho el primer hombre en la luna casi dos milenios atrás? « Unos pasitos… » Habían recorrido unos veinte metros cuando se abrió una puerta lateral del vehículo, una rampa articulada bajó de golpe y dos humanoides salieron a su encuentro.

Este fue el primer pensamiento de Brant. Pero luego se dio cuenta de que el color de su piel le había engañado, o lo que podía ver de ella a través de la película transparente y flexible que los cubría de la cabeza a los pies.

No eran humanoides, eran humanos. Si él nunca volviera a tomar el sol, podría llegar a ser tan blanco como ellos.

La alcaldesa levantó las manos en el gesto tradicional de « venimos sin armas » tan viejo como la historia.

— No creo que me entendáis — dijo—, pero bienvenidos a Thalassa.

— Al contrario — contestó una de las voces más profundas y con más bella modulación que Brant había oído jamás—, le entendemos perfectamente. Estamos encantados de conocerles.

Por un momento, el grupo de recepción se quedó sumido en un perplejo silencio. Pero era absurdo, pensó Brant, haber sido sorprendidos. Después de todo, no tenían la más mínima dificultad en entender el lenguaje de los hombres de hacía dos mil años. Cuando se inventó el sonido grabado, se conservaron todos los sonidos fónicos de la sintaxis y la gramática, pero la pronunciación permanecía estable durante milenios.



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