Los ingenieros denominaban a esto « sutil degradación", una frase que, según habían declarado algunos cínicos, describía de forma bastante exacta el tipo de vida thalassano.

Según el ordenador central, la red estaba al noventa por ciento normal de su capacidad, aunque en aquellos momentos la alcaldesa Waldron se hubiera contentado con menos. La mayoría de los habitantes del pueblo la habían llamado en la última media hora, y por lo menos cincuenta adultos y niños se encontraban apiñados en la sala del Ayuntamiento, número muy superior al que podía contener. Doce personas componían el quórum de una asamblea ordinaria, pero a veces hacían falta medidas draconianas para conseguir reunir este número de personas en un mismo lugar. El resto de los quinientos sesenta habitantes de Tarna preferían mirar y votar, si se sentían lo bastante interesados por el asunto, desde la comodidad de sus hogares.

También recibió dos llamadas del Gobernador Civil, una desde el despacho del presidente, y otra desde el servicio informativo de la Isla Norte, ambas haciendo la misma innecesaria pregunta. Cada una recibió la misma escueta respuesta: desde luego que si algo sucede les mantendremos al corriente… y gracias por su interés.

A la alcaldesa no le gustaba el alboroto, y su carrera moderadamente próspera como administradora local se había basado en evitarlo. Por supuesto, a veces era imposible; su veto no habría conseguido desviar el huracán del 09, que había sido hasta ahora el acontecimiento más importante del siglo.

— Que se calle todo el mundo — gritó.—Reena, deja esas conchas en paz; costó mucho trabajo arreglarlas. Además, ya es hora de que estés en la cama. ¡Billy, fuera de la mesa! ¡Ahora mismo!



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