
Parecía tan inofensivo y tan ajeno a los asuntos humanos como la placa fotográfica velada en el laboratorio de Becquerel que condujo, en sólo cincuenta años, a la bomba de Hiroshima. En realidad, era un producto secundario de aquel mismo experimento y empezó con la misma inocencia.
La Naturaleza es una inflexible contable y siempre hace el balance de sus libros. Los físicos se quedaron muy asombrados cuando descubrieron que había ciertas reacciones nucleares, en las que después de haber unido todos los fragmentos parecía que faltaba algo en un lado de la ecuación.
Como un administrador que rápidamente repone el dinero de gastos menores para así adelantarse a los auditores, los físicos se vieron obligados a inventar una nueva partícula. Y, además, para justificar la discrepancia, tenía que ser una partícula muy especial, sin masa ni peso, y tan fantásticamente penetrante que pudiera pasar, sin ningún inconveniente perceptible, a través de una pared de un grosor de miles de millones de kilómetros.
A este fantasma se le dio el nombre de « neutrino », contracción de neutrón y bambino. Parecía que no había esperanzas de detectar algo tan escurridizo como esta entidad, pero en 1956, en una de esas hazañas heroicas de la instrumentación, los físicos pudieron aislar unos pocos especímenes. Fue también un triunfo de los teóricos, que vieron corroboradas sus improbables ecuaciones.
El mundo no se enteró, ni le importaba, pero había empezado la cuenta atrás de su destrucción.
3. Reunión del Consejo
La red local de Tarna nunca llegó a funcionar a más de un noventa por ciento de su potencia, aunque también es verdad que su rendimiento no bajaba del ochenta y cinco por ciento.
Al igual que la mayor parte del equipo de Thalassa, fue diseñada por grandes genios, fallecidos hacía ya mucho tiempo, para que los accidentes catastróficos fueran casi imposibles. Aunque fallaban muchos componentes, el sistema seguía funcionando bastante bien, hasta que alguien se exasperaba e intentaba arreglarlo.
