
– ¿Ha llamado alguno de tus criminales para que lo saques de la cárcel?
Ella se echó a reír, y como siempre, el sonido profundo y algo ronco de su risa le hizo sentir un escalofrío.
– Por ahora no, pero esos clientes suelen llamar más tarde.
Hablaron de lo que había hecho aquel día, del paseo de Muffin por el parque y de una película que había visto. Después discutieron sobre el próximo libro que iban a leer juntos. Él quería una novela de espías, y ella la biografía de un científico famoso.
– Qué aburrido -objetó él.
– ¿Cómo puedes decir que es aburrido si no lo has leído?
– ¿De verdad crees que los científicos de codos raídos pueden llevar vidas interesantes?
– Generalizando, ¿eh? Te advierto que yo también podría decirte algo sobre los tiburones de negocios que se dedican al saqueo y el pillaje de la economía.
Stone sonrió. Cathy tenía temperamento y, de vez en cuando, le gustaba pincharla porque ella siempre mordía el anzuelo.
– Yo no he saqueado en mi vida.
– No lo dudo. Simplemente pretendo decirte que las generalizaciones son peligrosas.
– Lo mismo que decir que todas las rubias son tontas.
– Exacto.
Él cerró los ojos e intentó imaginársela.
– Tú eres rubia y no eres tonta, desde luego.
– Eso no me ha parecido un cumplido, así que no te voy a dar las gracias.
Stone se rió.
– Está bien, tú ganas. Leeremos la biografía, pero tiene que ser interesante.
– Te va a encantar -le prometió-. Iré a la librería…
Un ruido estridente cortó su frase. Stone se incorporó y sujetó con fuerza el auricular.
– Cathy, ¿qué ha sido eso?
– No lo sé -apenas la oía por encima del ruido-. Creo que es la alarma de incendios. Espera.
Hubo un clic seguido de silencio. Stone se recordó que estaba en el piso séptimo de un edificio cerrado, y que había un equipo de seguridad vigilando las veinticuatro horas. No podía ocurrirle nada, pero sintió un nudo en la garganta.
