Se levantó y se acercó a la ventana. Había un termo de café sobre la bandeja, junto con la cena que no había tocado. A través del cristal vio el jardín trasero de la casa iluminado delicadamente por las luces encastradas en el suelo. Más allá, la oscuridad, y en la distancia, las luces de la pequeña comunidad de Redondo Beach. Durante el día, aquella estancia disfrutaba de una impresionante vista del Pacífico y de las playas del norte de la península. Por la noche, el agua quedaba oscura e indefinida, aunque en el silencio podía oírse el batir de las olas contra las rocas de los acantilados.

Se sirvió una taza de café y volvió a la mesa. Ya era la hora. Marcó el número.

– Servicio de Contestador de la A a la Z -contestó.

– Hola, Cathy.

– ¡Stone! -el evidente placer de su voz le hizo sonreír-. ¿Cómo estás?

– Muy bien.

– ¿Ya has ganado el millón de hoy?

– Casi.

No hablaban a menudo de su negocio. Ella sabía que se ocupaba de inversiones y propiedad inmobiliaria, pero eso era todo. Él no quería darle detalles que pudieran despertar su curiosidad. Para ella, sería demasiado fácil buscar información, y una vez supiera la verdad, todo habría terminado.

– ¿Y tú, qué tal?

– Como siempre. La señora Morrison ha ido hoy al médico, así que tiene toda una lista de nuevos medicamentos. ¿Recuerdas a la señora Morrison?

Stone se recostó en su sillón de piel.

– Sí, esa señora mayor tan excéntrica que quiere que la llames para recordarle a qué hora debe tomarse las medicinas.

– Exacto. Una de las operadoras se ha pasado un par de horas con ella al teléfono y después con su médico. Sigo sin estar segura de si tenemos todo bien claro, pero… Afortunadamente durante el turno de noche sólo hay que llamarla una vez, y ya lo he hecho.



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