La ropa de la cama ocultaba los detalles de su cuerpo, pero no parecía la clase de mujer que llevase los bikinis y las minifaldas de las que le hablaba.

– Ay, Cathy -suspiró-. De las veces que me he imaginado que llegaría a conocerte, jamás pensé que fuera a ser así -y siguió acariciando su mano-. Me alegro de que estés bien -continuó-. Sé que lo has pasado muy mal y que necesitas descansar, pero vas a tener que recuperar pronto la consciencia. Necesitamos saber que estás bien. Bueno, supongo que soy yo quien necesita saberlo. Así que hazlo por mí, ¿vale?

Por un momento le pareció que iba a despertarse, y Stone se quedó paralizado en el sitio sin saber qué hacer si se despertaba. Tendría que escabullirse de la habitación antes de que se diera cuenta de que estaba allí. Pero no abrió los ojos, y si le pareció que mostraba alguna reacción era porque la estaba observando muy atentamente.

– ¿Señor Ward?

– ¿Sí?

La enfermera estaba en la puerta.

– Puede quedarse un par de minutos más, pero después tendré que pedirle que se marche.

Él asintió y volvió su atención a Cathy.

– Quieren que me vaya para que puedas descansar. Volveré mañana, y me encantaría que estuvieras despierta para entonces.

Aunque no sabía cómo podría enfrentarse a la situación si de verdad lo estaba, pero ya cruzaría ese puente cuando llegase a él.

Soltó su mano y se levantó, pero antes de salir abrió el pequeño armario que había junto a la puerta del baño. Dentro encontró unos vaqueros viejos, una camiseta grande y un bolso, que tenía claramente marcadas las huellas sobre el material barato. Debía estar aferrada a su bolso cuando la rescataron.

Tras asegurarse de que la enfermera había vuelto al control, lo abrió y sacó el monedero de Cathy. Anotó la dirección que figuraba en su permiso de conducir.



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