
Miró por encima del hombro, casi esperando ver aparecer a su grupo de amigos. Si aparecían, él no entraría. Ellos tenían derecho a estar allí; él, no. Pensar en lo mal que lo habría pasado si hubiese llamado y ella no hubiera estado allí le dio valor para entrar.
Siendo de madrugada, la única luz de la habitación era un tenue resplandor de una lámpara instalada sobre la cama. Se acercó a ella con cuidado de permanecer en la sombra. Si se despertaba, no quería asustarla.
Dio un paso, y después otro, hasta que estuvo a una distancia en la que podría haberla tocado. Tras dos años de imaginar, por fin sabía.
Estaba tumbada, así que no podía calibrar su estatura.
Lo primero en lo que reparó fue en su cara. Tenía tiznajos del humo en las mejillas y en la frente, que contrastaban vivamente con la palidez de su piel. No era rubia, sino castaña, y su pelo descansaba desparramado sobre la almohada. Su boca era de labios carnosos y su nariz, recta. De los ojos no podía decir nada puesto que dormía.
No era la mujer que él se había imaginado, y tampoco la mujer que ella había descrito. Stone se acercó un poco más para poder leer la pulsera de plástico que le habían colocado. El nombre era el suyo: Cathy.
Confuso por aquella revelación en una noche ya de por sí difícil, acercó una silla a la cama y se sentó. Ella tenía los brazos estirados sobre la cama y rozó el dorso de su mano. Tenía una piel suave. Tomó su mano y la apretó. Ella se agarró a él.
Stone sintió una breve sacudida, como si una corriente eléctrica hubiese saltado del cuerpo de Cathy al suyo, y aquello le hizo fruncir el ceño. No debía ser más que una reacción tras todo lo que había pasado. Estaba cansado, nada más, pero siguió dándole la mano y acariciándola con el pulgar. Suave y fina, pensó, igual que la de su cara. No era la piel de una mujer que acababa de pasar un fin de semana de vacaciones en un lugar soleado. Según ella, se había pasado la mayor parte de la primavera viajando a lugares de vacaciones. Le había hablado de su bikini y del bronceado, pero no había ni rastro de ello en su piel.
