
Stone vio cómo los primeros rayos del sol se alargaban sobre el suelo de la habitación del hospital. Se puso de pie y se estiró. Le dolía un poco la espalda. Se había pasado las dos noches anteriores junto a la cama de Cathy, tomando su mano, hablándole, disfrutando de su compañía.
En esas dos noches, había recuperado la consciencia un par de veces; incluso había llegado a abrir los ojos y a decir algunas palabras. Entonces él había tenido mucho cuidado de permanecer en las sombras y esperar hasta que volviera a dormirse.
Miró su reloj. Mary, la enfermera de noche, pronto llegaría a tomarle las constantes y a extraerle sangre. Stone sabía que debía marcharse, porque de hecho, ya iba a volver a casa de día. Aunque no debía preocuparse, porque quienes circularan a aquellas horas por la carretera estarían demasiado preocupados por llegar a tiempo al trabajo como para reparar en él.
Volvió junto a la cama de Cathy y tomó su mano. En las dos noches que había pasado con ella, se había familiarizado con su mano y sus dedos. Conocía cada curva, cada línea, la forma de sus uñas, el hueco de la palma de su mano.
– Bueno, chiquilla, voy a tener que marcharme -le dijo-. Pero volveré esta noche. Ya sé que estás empezando a hartarte de mi compañía, pero no tengo nada planeado, así que vas a tener que soportarme una vez más.
Sabía que al final iba a tener que salir de las sombras y hacerle saber que estaba allí. Aquella misma noche, se prometió. En cuanto llegara.
La miró. Tenía los ojos cerrados y su pecho apenas se movía con cada respiración. Stone respiró profundamente e igualó su ritmo; al hacerlo, percibió el aroma de las flores que llenaban hasta el último rincón de la habitación. Las había encargado el primer día, y como no sabía lo que le gustaba, le había pedido a la florista que le enviase un poco de todo. Aquel perfume siempre le recordaría a ella.
