Se preguntó si algún otro ramo de flores se uniría al suyo. Su jefe le había enviado una planta, pero nadie más parecía preocuparse de que Cathy estuviera en el hospital. Ya no le sorprendía.

La curiosidad y la preocupación habían ganado la partida, y le había pedido a su gente que la investigaran.

Cathy Eldridge, veintiocho años, hija única; su padre las abandonó cuando Cathy era aún pequeña y su madre, alcohólica, había muerto cuando ella tenía veintiún años. Sin familia, sin amigos, incluso sin perro.

A veces pensaba en que debería estar enfadado con ella por haberle mentido y haberse creído en la necesidad de tener una vida excitante como premisa para mantener su amistad. Pero otras veces pensaba que su existencia solitaria era un reflejo de su propio mundo vacío. Ella tenía muy poco, él demasiado, y los dos estaban solos. Quizás fuese eso precisamente lo que les había unido.

– ¿Señor Ward?

Marie estaba en la puerta.

– El médico de la señorita Eldridge está pasando visita. ¿Querría hablar con él?

– Sí, gracias -apretó brevemente la mano de Cathy-. Enseguida vuelvo. No se te ocurra irte sin mí.

Siguió a Mary hasta el control de enfermeras.

– Doctor Tucker, le presento a Stone Ward. Es un amigo de Cathy.

La mirada gris del doctor Tucker le pareció firme mientras estrechaba su mano.

– Tengo entendido que es usted el único amigo que tiene Cathy. No hemos podido localizar a nadie de su familia.

– Es que no tiene -contestó.

– Ya. Creo que es usted quien se ha hecho responsable de ella, y de su traslado a una habitación privada, además de cuidados especiales cuando esté preparada para ser dada de alta.

– Exacto.

– Bien -el doctor Tucker se acercó a un sofá situado en un rincón-. Sentémonos aquí y le pondré al día de su estado.

– Gracias.



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