
– Te estás riendo de mí.
– No. Sólo intento que los dos nos sintamos un poco mejor. Vamos, inténtalo: hola, Stone. No puede ser tan difícil.
No tenía ni idea, se dijo, girando la cabeza hacia el otro lado, y una sola lágrima rodó por su sien hasta perderse en su pelo. Su pelo. No era bastante ya con que no tuviera los amigos que le había dicho tener; además, no era como le había dicho. Se esperaba una rubia de piernas largas y figura esbelta, y lo que había encontrado era una mujer pálida, corriente, con diez kilos de más y pelo de ratón.
– Pensé que te gustaría tener compañía -continuó él-. ¿Me equivoco?
– Pero no tú -consiguió decir, aunque las lágrimas le atascaban la garganta.
– Ya.
Soltó su mano y Cathy sintió frío.
El silencio llenó la habitación.
– Creía que éramos amigos.
Eso le llamó la atención e involuntariamente se volvió hacia él y abrió los ojos.
Stone Ward estaba de verdad en la habitación. Vio su figura en las sombras. No pudo reconocer sus facciones, pero vio que se trataba de un hombre grande, alto y de hombros anchos. Su pelo parecía oscuro.
– ¿Cómo puedes decir eso? Tienes que saber la verdad sobre mí -se agarró al borde de las sábanas-. Sobre las mentiras -musitó.
Él volvió a acercarse y entrelazó los dedos con los suyos. Cathy volvió a sentirse consolada, cálida y confusa. Ojalá la habitación no estuviese tan a oscuras y pudiese verlo.
– Eso no importa -le dijo.
– Pero…
– Lo digo de verdad, Cathy. Además, no es bueno hablar de cosas que te inquieten. Lo que importa es que te estás recuperando, y el resto puede esperar. ¿Cómo te encuentras?
No supo muy bien cómo contestar a la pregunta, porque se sentía perdida e insegura. Todo su mundo se había trastocado y no podía encontrar el equilibrio. Stone Ward estaba allí, hablándole, dándole la mano, actuando como si le importara algo, y no parecía preocuparle que le hubiese mentido. Pero tenía que importarle y mucho…
