
Inspiró profundamente y se obligó a relajarse. El dolor de la cabeza era palpitante, pero pronto llegaría la hora del calmante. Mientras, cerraría los ojos y se dejaría llevar. Los problemas seguirían estando allí cuando se encontrara más fuerte.
– Me dijeron que te habías despertado, pero creía que se trataba de un error.
La frase se quedó en el aire. ¿Se habría imaginado las palabras o de verdad las habría pronunciado alguien? Esa voz… No podía ser. ¿Stone? ¿Allí?
La alegría le llenó el cuerpo, pero sólo para estrellarse en el muro de la realidad. Si Stone estaba allí, podría verla. El horror la estremeció. Puede que ya supiera la verdad, y si no era así, no tardaría en descubrirla.
No. Aquello no podía estar ocurriendo. Tenía que habérselo imaginado. El golpe de la cabeza había sido fuerte, así que tenía que haber perdido la cabeza. Eso.
Alguien se movió en la habitación. No se atrevió a abrir los ojos, pero sintió una presencia… su presencia. Una silla rozó el suelo y tomó su mano entre las suyas.
El contacto era cálido, vagamente familiar. Quizás porque se lo había imaginado cientos de veces durante los últimos dos años.
– ¿Cathy? -murmuró él-. ¿Me oyes? Mary, tu enfermera, me ha dicho que estabas despierta. ¿Cómo te encuentras?
No quería abrir los ojos. Si seguía teniéndolos cerrados, no sería real. Pero lo era. La vergüenza le hizo sentirse horrible. Vergüenza por sus mentiras y por la verdad que ya debía saber de ella. No sabía qué podía ser peor: su ira o su piedad.
– Vete, por favor -susurró.
– Pues no es la clase de saludo que yo me esperaba. Al menos podías haberme dicho hola. Podías haberme dicho: «hola, Stone. Me alegro de conocerte, pero ahora vete, por favor.»
Los ojos le ardieron con las lágrimas que no podía verter.
