Tardó más o menos diez minutos en encontrar lo que necesitaba. Tomó nota en un bloc de papel, atendió a tres clientes y le leyó sus mensajes a un abogado que trabajaba hasta tarde, todo ello sin dejar de mirar el reloj. Cinco minutos, tres, uno…

Ring…

El corazón ya lo tenía acelerado quince minutos antes, pero en aquel instante las palmas de las manos empezaron a sudarle y el estómago le dio un vuelco. Los síntomas le eran familiares, ya que se repetían cada vez que él llamaba. La hacía sentirse tan viva… Se ajustó el auricular y pulsó la luz que parpadeaba en la consola.

– Servicio de contestador De la A a la Z -dijo, intentando que su tono resultase desenfadado y alegre, para que él no sospechase que temblaba de nerviosismo. No importaba que llevasen hablando ya meses. Eso quizás la ponía aún más nerviosa.

– Hola, Cathy, ¿qué tal el fin de semana?

Hubiera querido derretirse. Tenía una voz tan grave y sensual que la envolvía y la atravesaba, imposibilitando toda función excepto la de suspirar su nombre.

– Hola, Stone. Mi fin de semana ha resultado perfecto. ¿Y el tuyo?

– Nada fuera de lo corriente. He tenido que trabajar.

Oyó ruidos al otro lado del teléfono, como si estuviera adoptando una postura más cómoda en la silla o el sillón.

Se lo imaginó en un estudio abarrotado de libros en alguna parte. Sería una estancia grande, con las paredes revestidas de madera, los techos altos y el mobiliario de cuero. Además siempre se imaginaba una chimenea y el aroma a la leña ardiendo, lo cual era una locura, ya que vivían en Los Ángeles y allí no hacía frío ni en lo más crudo del invierno. Pero Stone era su fantasía, y tenía derecho a conjurar un romántico fuego si eso le apetecía.

– Trabajas demasiado -le dijo-. Tienes que tomarte un poco más de tiempo libre. Viajar un poco.



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