– Tengo la sensación de que se avecina un desastre.

– No teníamos ni idea de lo que iba a ocurrir, así que el hombre empezó a echar coñac sobre el postre para poder flambearlo, y mientras nosotros nos mirábamos atónitos, él seguía echando y echando. Después encendió la cerilla…

– No me dirás que se incendió el restaurante, ¿verdad?

Ella se echó a reír.

– No, pero hubo una enorme llamarada, tanto que todos los clientes del restaurante se levantaron de sus mesas. Resulta que el camarero era novato, y el hombre casi se echó a llorar.

– Ay, Cathy, qué vida más excitante tienes.

– Ese es mi objetivo -dijo, decidida a que nunca averiguase la verdad-. ¿De verdad has estado encerrado todo el fin de semana?

– Sí.

– Stone, el mundo está ahí fuera, esperándote. Deberías salir y explorarlo. Nunca sales.

– Me gusta mi intimidad.

– Eso no es saludable.

– Ya hemos hablado antes de esto -le recordó-, y no vas a hacerme cambiar de opinión.

– Lo sé; es que… -suspiró-. Me tienes preocupada.

Y era verdad, por absurdo que fuese. Stone era un millonario excéntrico, propietario de una de las firmas de inversores más importantes de toda la costa oeste, pero siempre estaba recluido, hasta tal punto que resultaba misterioso. Según había averiguado, en contadas ocasiones salía de su casa, ni si quiera para ir a la central de su empresa. Todas sus llamadas personales le llegaban a través del servicio de contestador, y nadie tenía el número de su casa, incluyendo el propio servicio de contestador, cuyo trabajo consistía en recoger sus mensajes y guardarlos hasta que él llamase.



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