– Te agradezco la preocupación -contestó-, pero no tienes por qué.

– Si tú lo dices.

– Claro. ¿Y Muffin? ¿Estaba enfadado contigo cuando volviste a casa? -le preguntó, seguramente para cambiar de tema.

– Se le pasó pronto -Muffin era su perra imaginaria, una preciosa Lhasa a quien no le gustaba estar sola-. Su cuidadora la saca de paseo cuando yo no estoy, y eso ayuda.

– Al menos, no tienes que llevarla a un hotel para perros.

– ¿Terminaste el libro?

– Anoche. Tenías razón, es genial. No hubiera adivinado nunca la identidad del asesino.

Se recomendaban libros el uno al otro por turnos, y Cathy se lanzó a hablar del último argumento de su escritor favorito. Tuvo que dejar a Stone a la espera un par de veces para atender otras llamadas, pero estuvieron charlando casi una hora.

– Es tarde -dijo él-. Debería dejarte trabajar.

Ella asintió sin hablar. No quería que se marchase… nunca quería que se marchase, pero no podía decírselo. Era una mentira más por omisión.

– ¿Estarás mañana?

– Claro.

– ¿A la misma hora?

– Perfecto.

Tenía la sensación de que su voz dejaba entrever demasiadas cosas, y es que sus llamadas eran el punto culminante de su existencia.

Él suspiró.

– ¿Sabes, Cathy? Uno de estos días voy a tenerme que escapar hasta tu oficina para conocerte en persona.

Era una vieja amenaza. La primera vez que la había hecho, ella se había echado a temblar, pero desde entonces, había llegado a la conclusión de que no pretendía hacerlo, y que simplemente le gustaba tomarle el pelo.

– Estoy en el séptimo piso, y los de seguridad no van a dejarte entrar -contestó.

– Tengo mis métodos.

Seguro que sí.

– Pura palabrería. Que duermas bien, Stone.

– Hasta mañana. Buenas noches.

– Hasta mañana.

Esperó a que hubiera colgado el teléfono y después desconectó la línea. La luz de la consola se apagó.



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