Era esa hora del día. Bueno, de la noche. Casi las doce. Casi la hora de llamar a Cathy.

Era curioso cómo una simple voz sin cuerpo había llegado a formar parte de su vida. Durante los últimos dos años, ella había sido su nexo de unión con el mundo exterior y su única compañera. Solía acusarle de pasarse la vida encerrado, pero es que no tenía ni idea de cuál era su verdadera situación, o del hecho de que jamás salía de la prisión que él mismo se había construido. No podía saber que su risa, o que el sonido de su voz, sus historias imposibles sobre mundos empapados de sol y alegría eran las imágenes a las que él se aferraba y las únicas fantasías que se permitía.

Ni siquiera estaba seguro de cómo había empezado su relación. Siempre llamaba a última hora para recoger sus mensajes, hasta que un día se dio cuenta de que siempre era la misma joven quien atendía sus llamadas. No podía recordar quién había sido el primero en empezar a hablar, ni por qué, pero sin darse cuenta, había comenzado a esperar el tiempo que pasaban juntos.

Cathy… Era una mujer divertida y brillante, con una vida fantástica. ¿Por qué trabajaría en el turno de noche de un servicio de contestador? ¿Quién sería en realidad? ¿Se escondería de algo o de alguien? ¿Habría llegado allí huyendo de algo? Tenía la sensación de que guardaba algún secreto. Incluso a veces sospechaba que sus historias no eran más que entretenimientos, pero la verdad es que no le importaba. Le gustaba escucharla. Le hacía reír, y lo mimaba. Con ella, podía ser él mismo y no preocuparse de nada.

Porque no quería que supiera la verdad sobre él, nunca le hacía preguntas personales. Sería fácil hacer que la investigaran; al fin y al cabo, tenía el personal para hacerlo y los medios técnicos, pero sería juego sucio, así que había preferido aceptar lo que le dijera y dejarla en paz.

Dejó a un lado el informe y miró el reloj. Unos minutos más. Habían pasado casi quince días desde su viaje de fin de semana a México, y tenía curiosidad por saber si había planeado algún otro viaje. Temía que llegasen sus vacaciones, porque el tiempo parecía arrastrarse penosamente sin ella.



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