Waverly no dudó de su versión de los hechos, pero era evidente que no las tenía todas consigo y eso le dolía más de lo que estaba dispuesto a admitir. Hasta ocho años antes, Simon no sabía nada de la profesión de espía; se limitaba a disfrutar de la riqueza y de los privilegios que le ofrecían su título y el apellido de la familia. Pero necesitaba un cambio; necesitaba hacer algo útil. John Waverly le enseñó todos los trucos del juego del espionaje y se convirtió en su mentor y en su amigo; un hombre al que admiraba y respetaba.

Por si la desconfianza de Waverly fuera poco dolorosa, Simon también se había enfrentado a la de William Miller y Marc Albury, sus colegas más cercanos, dos hombres con los que mantenía una relación casi fraternal. A veces sentía más apego por ellos que por su propio hermano, lo cual no tenía nada de particular; a fin de cuentas, sus actividades como espía no eran algo que pudiera compartir con la familia o los amigos.

Simon se dijo que si Miller, Albury o el propio Waverly se hubieran visto envueltos en una situación tan difícil como aquélla, él les habría concedido el beneficio de la duda por muchas pruebas que tuvieran en su contra. Pero no estaba totalmente seguro. Tal vez habría dudado de ellos como ellos dudaban de él.

Con el rey y el primer ministro exigiendo una pronta captura del asesino de Ridgemoor, Simon temía que la precipitación se impusiera a la exactitud y que terminaran por ahorcar al hombre equivocado, que sería él mismo porque no había más sospechosos.

Además, el servicio de espionaje había sufrido tantos fracasos a lo largo de un año que Miller, Albury, Waverly, el propio Simon y otros muchos colegas estaban convencidos de que entre ellos había un traidor. Y tras lo sucedido con el conde, él también era el sospechoso principal en tal sentido.

Como no sabía en quién podía confiar, se había visto obligado a mentir cuando le preguntaron si Ridgemoor le había pasado alguna información.



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