
El tiempo apremiaba, así que le pidió a Waverly que lo dejara marchar para poder limpiar su buen nombre. Su jefe lo miró durante un momento, asintió y dijo:
– Creo que me ha mentido, y espero que tenga buenos motivos para ello; pero no creo que haya matado a Ridgemoor. Sin embargo, las pruebas en su contra son demasiado concluyentes; si presentan cargos, no podremos hacer nada. Le concedo quince días, Kilburn. Diré que se está recuperando de unas fiebres contagiosas… eso los mantendrá temporalmente alejados de su camino. Haga lo que tenga que hacer para limpiar su nombre, pero sea rápido. Por mi parte, intentaré ayudar en lo posible.
Simon no perdió el tiempo. Ya habían pasado dos días desde el asesinato del conde, y sus pesquisas lo habían llevado a aquel lugar, a la residencia de la señora Genevieve Ralston, la mujer que hasta el año anterior había sido la amante de Ridgemoor. ¿Significarían las últimas palabras del conde que la señora Ralston estaba involucrada en la conspiración para asesinarlo? ¿Habría querido insinuar que ella era la asesina? Era bastante posible.
Para entonces ya sabía que Ridgemoor había roto bruscamente su relación con la señora Ralston, con quien había estado una década. Tal vez fuera un caso típico de venganza. Pero sus motivos también podían ser puramente políticos, los de alguien que había conspirado para librarse de él antes de que asumiera el cargo de primer ministro de la Corona.
Según sus fuentes, la señora Ralston salía muy pocas veces de su casa de campo en Little Longstone, y el conde había sido asesinado en Londres. Sin embargo, la capital sólo se encontraba a tres horas en carruaje. ¿Qué mejor estrategia que tener fama de ermitaña para escabullirse y cometer un asesinato?
